¿La hora de la verdad?

Las elecciones en un régimen democrático aparecen como el acontecimiento culminante que justifica y califica precisamente el carácter democrático de ese régimen; el pueblo se pronuncia en las urnas sobre quienes han  de ser sus representantes durante un cierto período y festeja –o deplora- los resultados que se anuncian a poco de cerrarse las urnas, dependiendo de cómo le haya ido al partido político  (o al político) de sus amores. Y hasta ahí llega. Es cierto que algunos quejosos reclaman una mayor y más permanente injerencia  en las tomas de decisiones, y hasta se atreven a mascullar entre dientes que lo que hace falta es el ejercicio de lo que llaman “democracia participativa” y aún suspiran por las manifestaciones de una “democracia directa”,  aunque una y otra brillen por su ausencia.

Pero la mayoría en Israel (y lo que importa en una democracia son las mayorías ¿no es cierto?) parece estar satisfecha con este estado de cosas; en última instancia, la participación en las elecciones nacionales otorga una sensación de satisfacción, puesto que se cumple con un importante ejercicio democrático, y la excitación previa a las elecciones, con toda la fanfarria, ruido e intercambio de verdades y de medias verdades, hasta puede hacer creer que realmente el ciudadano importa (y en realidad, en ese momento -aunque quizás sólo en ese momento- importa). Y así es que, súbitamente, estábamos entrando en un período de elecciones.

Ahora bien,  ¿a usted le preguntaron si quería elecciones anticipadas? Sabemos que la respuesta, al menos en las actuales circunstancias, es negativa. Porque la teoría nos dice, claramente, que los representantes (diputados) para la Kneset se eligen para un período determinado y que de acuerdo a las mayorías obtenidas se forma un gobierno que se mantendrá durante todo ese período, el cual sólo se acorta, normalmente, cuando una votación en la Kneset aprueba una moción de censura contra el gobierno.

Nada de eso estaba sucediendo ahora; la coalición de gobierno -la que regía hasta hace un par de días- contaba con una mayoría confortable (66 miembros de la Kneset, de un total de 120), por lo que no había ningún motivo aparente para adelantar las elecciones (ciertamente, se han oído argumentos de todo tipo para justificar ese adelanto, como la inminencia de la derogación de la ley Tal, o el ¡temor! al chantaje político-financiero de los partidos religiosos [como si eso fuera una novedad en el panorama político nacional]).

Lo que sí resultaba claro es que las autoridades de gobierno consideraban que en estos momentos -y  en eso coincidían las diferentes encuestas de opinión conocidas- el resultado de elecciones anticipadas continuaría favoreciendo al principal partido de esa coalición (Likud) y a sus socios, garantizando así su continuidad (el razonamiento detrás de ello es que si las elecciones se llevaran a cabo al vencimiento del actual período, es decir en algún  momento a mediados del año próximo, nada asegura que para entonces se mantendría la actual hegemonía política).

Pero así como a usted no le preguntaron si quería -o si pensaba que hacían falta- elecciones anticipadas, tampoco parece que hayan recabado su opinión sobre el retiro de esa propuesta ni sobre la conformación, en su lugar, de “un amplio gobierno de unidad nacional” que es “bueno para la seguridad, bueno para la economía y bueno para el pueblo de Israel”, como le manifestara el Primer Ministro B, Netaniahu al Presidente de Israel, S. Peres, con respecto a la novísima coalición de gobierno.[i]

A partir de ahora, conviene  estar preparado para escuchar una y otra vez que esta coalición cuenta con 94 miembros de la Kneset, que se trata de la más alta mayoría alcanzada en Israel desde su nacimiento como Estado, y el término de “gobierno de unidad” seguramente estará presente de manera permanente. Y en contrapartida, lo que pocas veces se mencionará es que se trata de una realidad política que corresponde a los resultados de las elecciones llevada a cabo en el año 2009, que las encuestas actuales muestran (¿mostraban?) una realidad diferente  a la de ese año y que la cuasi unanimidad que esta coalición parece garantizar -las voces opositoras están reducidas a su mínima expresión- podría justificarse sobre todo en casos de extrema gravedad (con lo que se estaría dando la razón  al Primer Ministro en su prédica sobre las amenzas existenciales  que penden sobre Israel, aún sin que esto se mencione explícitamente).

En todo caso es conveniente enmarcar e intentar visualizar los actuales torbelinos de la política israelí en un contexto más amplio, puesto que más allá de los eventuales desplantes de soberbia que exhiben algunos importantes líderes locales al desdeñar lo que se opina y lo que sucede en el resto del  mundo, el desarrollo de los acontecimientos políticos y económicos en el ámbito internacional afectan y -en gran medida- hasta condicionan lo que sucede al interior del país.

Porque Israel es un pequeño país con escasos recursos naturales, que depende crucialmente de sus importaciones -de bienes de consumo, de insumos intermedios y de bienes de capital para sus industrias, de servicios de todo tipo- para mantener y acrecentar el nivel de vida de su población.  Para ello requiere necesariamente mantener y acrecentar sus exportaciones de bienes y servicios, y así financiar esas  importaciones, porque un país soberano no puede depender permanentemente de donaciones y de transferencias unilaterales.

Pero el mantenimiento y crecimiento de las exportaciones requiere a su vez de mercados externos  cuyo crecimiento eleve la demanda de los bienes y servicios que Israel puede venderles: y si ese crecimiento está comprometido o muestra un escaso dinamismo, y si por la crisis se siguen  imponiendo medidas severas de austeridad que ponen en tela de juicio  las posibilidades de una rápida recuperación, Israel no está (ni estará) inmune a esos impactos negativos, pese a todos los elogios -y autoelogios- declamados alrededor de sus políticas económicas.

Y la realidad económica internacional muestra precisamente, en el mejor de los casos, un escaso dinamismo en la mayor parte de los principales socios comerciales de Israel, al mismo tiempo que se posterga la puesta en práctica de políticas económicas que podrían reactivar el crecimiento, esto último porque los intereses financieros priorizan la defensa de sus inversiones con la imposición de medidas que son notoriamente contrarias al bienestar general (pero que rinden grandes beneficios a los grandes capitales).

Israel se encuentra expuesto a los mismos dilemas, aunque el discurso oficial prefiera manejar en sordina los temas económicos y destacar en su lugar todo aquello que pueda llamar momentáneamente la atención. El hecho es que la nueva coalición habrá de enfrentarse, en lo inmediato, con la discusión del presupuesto público para el año 2013, y los síntomas de un persistente enlentecimiento del ritmo de crecimiento del país están presentes en las cifras de comercio exterior (con exportaciones cuya tendencia es a caer, frente a importaciones que continuan creciendo), en las cifras (corregidas) de un desempleo que comienza a manifestarse por encima de lo normal y en una situación socio-económica  (pobreza, distribución del ingreso, concentración de la riqueza) incambiada.

En ese contexto,  las lecciones de quienes (en la Unión Europea, por ejemplo) insisten en la imposición de medidas que enfaticen la disminución del déficit fiscal y de la deuda pública, recurriendo al recorte del gasto público y a la flexibilización de la fuerza laboral, son seguidas con simpatía en Israel por parte de las autoridades del gobierno. Y la posibilidad de aplicar esas lecciones de manera práctica se encuentra precisamente en el diseño y aprobación de un presupuesto austero (aunque sin retacear recursos incrementados al Ministerio de Defensa, en consonancia con el discurso oficial sobre la seguridad).

¿Es que esta nueva coalición garantizará una política presupuestal de esa naturaleza, a sabiendas de que de esa forma se cancelan los propósitos de crecimiento económico y mejora social?. Los acuerdos que han firmado los nuevos miembros de esta coalición sólo contienen generalidades sobre el tema,  pero como ya se ha mencionado, no hay oposición digna de su nombre que pueda  hacer algo.

Aunque aquí corresponde una corrección; ciertamente no existe ahora oposición digna de su nombre en el ámbito político-partidario, representado en la Kneset. Pero el espectro de las manifestaciones sociales del año pasado aparece mencionado en los discursos de las autoridades en toda oportunidad; y aunque esas menciones parezcan más una forma de exorcizar ese espectro que de tomarlo en serio, es muy probable que en la fuerza de esas manifestaciones -y sobre todo en lo que ellas han representado, como una expresión espontánea y multitudinaria de indignación y de desencanto- se esté generando una verdadera oposición.

[i]    Tal como se indicó en el Jerusalem Post  del 8 de mayo.

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